En tiempos electorales, suele ser recurrente el tema de la publicidad aplicada a la política. O, en términos más pedestres, la validez -o no- del candidato/mayonesa. Mucho se ha hablado, y se hablará, al respecto como para pretender agotar el tema en un módico posteo. Sin embargo, la aparición de una campaña como la de ARBA (“Crecimos“), que no es especifícamente una campaña electoral, pero se inscribe dentro de una acción de comunicación del gobernador Scioli, de cara a las elecciones de octubre, bien vale una observación.
A diferencia de la publicidad comercial, la publicidad política preelectoral ”comunica” personas. Aunque se hable de obras, logros o revoluciones de cualquier tipo, y se evite cualquier personalismo, de lo que se habla es de personas, con nombre y apellido. Esto hace que, como ocurre con una marca, también se establezca una suerte de empatía entre el anunciante y el mensaje. Necesariamente tiene que haber un correlato entre ambos términos para que la comunicación frague. Así como a una marca le “va” un determinado tono en su comunicación y no otro, lo mismo ocurre con un político.
Y acá viene el problema con ”Crecimos”. Porque la campaña me encanta. Me parece inteligente, pertinente, ingeniosa y procedente. Se corre, con astucia, creatividad y extremada simpleza de lo que se puede esperar de una agencia de recaudación impositiva e instala una campaña televisiva que, por lo menos, no genera rechazo. Que, en este rubro, ya es todo un logro. Pero la cosa se (me) complica con el tema de la empatía. Porque la campaña destila ironía, humor, agudeza, mordacidad, sutileza y complicidad por donde se la mire. Atributos todos de los que, casualmente y sin menoscabo de su capacidad política y de gestión, carece por completo Daniel Scioli. Al menos en su faz pública (porque nadie está libre de ser un Santo Biasatti).








Además de la utilización de fondos públicos, esos mismos que recauda la ARBA, para posicionar electoralmente la imagen del gobernador Scioli antes que concientizar sobre el pago de impuestos, hay algo objetable en el contenido de la campaña, algo que hace ruido y da que pensar sobre la posición del gobernador, pues al cuestionar la moral del pasado el tono irónico del locutor da a entender que fuera ridículo el que “los padres deben vigilar la conducta de los hijos, impidiéndole toda lectura equívoca y que contraigan malas amistades”. ¿Realmente cree el gobernador que el interés de los padres por sus hijos es algo que superamos porque “crecimos”? Las cosas buenas no dejan de serlo porque también sean viejas. En la Provincia de Buenos Aires hay muchos chicos y jóvenes que carecen de la contención familiar de antaño, y no me digan que eso es porque “crecimos”.
Cordialmente, Ariel Corbat.
PD: Voy a transformar este comentario en una entrada de mi blog.